2 de Mayo de 2022
“Son las 6 de la mañana, me da igual. Voy a salir a la calle, voy a ponerme a gritar…” Así empieza la canción de Aitana y Zoilo, pero así está empezando este día. Si voy a gritar, a gritar de alegría, por fin ha llegado. Un día soñado, un día esperado. Quizás lo sea en exceso para mí, por todos los preparativos, por su organización, por haber superado todos los contratiempos que han surgido, o por los momentos compartidos con los demás miembros del club.
Todo preparado desde la noche anterior, ropa, mochilas… Se “toca diana”. ¡Niños a vestirse! Un rápido desayuno y todos al coche. A las 6:30 se ha quedado. El encuentro en la Plaza Mayor.
Al llegar hay ya un considerable número de participantes preparados. Se aprecia ilusión, caras de alegría. Quizás por el reencuentro de gente que desde hace tiempo no se ve, tal vez por el significado del día en sí. También aprecio algún que otro gesto, o más bien mirada de nervios entremezclados con cierto temor que intentan pasen desapercibidos. No sé si será por el ascenso, por las circunstancias que puedan rodear a éste, o la falta de costumbre tras estos años que han cambiado todo y a todos.

Se pasa lista y nos subimos en los coches, nos dirigimos a la salida en la zona alta del refugio. Llegamos cuando el sol acaba de despuntar en el horizonte. El cielo presenta un azul, aún algo frío en unas zonas, pero más intenso a medida que el sol asciende, ninguna nube y hay una ligera brisa que se vuelve un poco gélida cuando sube de intensidad.
Terminamos de prepararnos atando nuestras botas, abrigándonos un poco, poniendo crema y gafas. Nos agrupamos para iniciar el ascenso. Un último recuento y partimos para nuestra aventura.
La mañana, se ha presentado perfecta. La hilera de participantes se mueve, aún compacta y con ritmo uniforme, en este inicio. Son las primeras rampas, las que hacen que empiece a dispersarse, aunque sólo ligeramente el grupo. La cabeza con ritmo apacible, busca no presionar a quien tiene la forma física más baja. Pero a pesar de ser el primer tramo, se intuyen algunos resuellos y respiraciones agitadas en algunos. Es la Sagra y no da tregua. Quien más y quien menos ha acelerado su respiración y ritmo cardíaco. No importa cuan en forma estés. Este primer tramo finaliza en el Collado de las víboras.



Un primer mini descanso para recobrar algo el aliento, quien lo necesite, quitarse alguna capa de ropa, que empieza a sobrar por el esfuerzo, y sobrecogerse el corazón, pues es quizás, el sitio donde al alzar la vista empiezas a ver la Sagra con una perspectiva no conocida. Al pie de semejante mole solo alcanzas a ver esa primera falsa cumbre que presenta, pues la real ahora no se deja ver al encontrarse más hacia el interior de la montaña y ocultarse por la verticalidad que presenta.

Notas que esa mirada a la Sagra ha trasformado a algunos, que ahora empiezan a dudar de su capacidad para culminar esta hazaña, cuando al partir, su paso se vuelve menos firme y con cierto titubeo. Si bien es cierto que la pendiente del sendero empieza a ser ahora más importante, no lo es menos que a pesar de la duda hay fuerza en su interior para continuar y en un intento de hacerla más fácil ponen la mirada a media ladera para dividirla donde, en lo que llaman “el pino quemado”, se espera una próxima parada en el ascenso.

Paso a paso se va ganando altura por la senda serpenteando entre algún que otro pino aislado de magnifico porte y figura peculiar que invita a recostarse sobre él, aunque sea sólo por un instante, para inmortalizar el momento. Un recuerdo que quedará plasmado no solo en una fotografía, sino también grabado a fuego en la retina de quien vive esta experiencia.



Son las nueve. Tras media hora desde el collado de las víboras, una desde que iniciamos la ascensión, se alcanza “el pino quemado” por los últimos del grupo en el momento que tras su respectivo descanso están saliendo los más aventajados. Es una pequeña planicie que divide la ladera que estamos ascendiendo en dos y a cuyo borde se encuentran los restos de un pino alcanzado por un rayo en alguna tormenta. De éste queda medio tronco aún erguido y algo chamuscado por el incendio, y otros restos que yacen en el camino empezando a astillarse y desgajarse signo del paso del tiempo. Es el lugar perfecto para otra pequeña parada, hacerse alguna foto invitado por la silueta del pino y recobrar unas fuerzas que serán necesarias para el tramo que se avecina, el cual, no siendo el último, quizás sea el que más pueda hacer ceder en su empeño a algunos.
Nuevamente alzas la mirada buscando donde la Sagra se une con el azul del cielo para volver a notar que aún no se vislumbra la cumbre. Instintivamente miras hacia abajo buscando una referencia de los metros ya ascendidos para angustiosamente pensar que lo que ya has realizado es ínfimo respecto a lo que está por venir. Pero alguien con, no pocas, ascensiones ya a sus espaldas te anima diciendo que no es tanto como pueda parecer. Te agarras a la mochila y vuelves a iniciar la marcha.
Es un tramo largo, con una pendiente más acentuada que en los anteriores y más escarpado en algunas zonas. Poco a poco sigues ganando altura, pero se hace interminable. Un pasito, otro, vas encadenándolos intentando mantener el ritmo de la marcha, pero te cuesta. Quizás por el cansancio que se va acumulando, la altura, o tal vez es tu mente la que te invita continuamente a ceder. Suerte que tienes buena compañía y te ayudan a ir regulando ese esfuerzo, con pequeñas pausas que alivian tu cansancio, pero no te hacen perder el ritmo.



Palabras que te devuelven la confianza, y un orgullo en ti que recuperas súbitamente al ver sentado a alguien con más palmarés que tú. Te paras a hablar con él y oír su historia, una historia que te sobrecoge, para empezar a darte cuenta que esto de la montaña no va de ser mejor que nadie, sino que cada uno tiene su propia lucha. Una lucha interna, de enfermedad, de amores, superación… ¿Qué se yo?
Y ahora miras hacia arriba y hacia abajo, para ver no sólo la Sagra, con una hilera de montañeros en su ladera intentando conquistarla, sino mil y una batallas que se fraguan sobre ella. Personas de edad algo ya avanzada que se vuelven de nuevo jóvenes, niños que crecen en espíritu, adolescentes que se van transformando en adultos, familias que se unen, enfermos que alivian su dolor… Es la Sagra la que los conquista.


Y sumido en tus pensamientos cuando quieres darte cuenta estás, en lo que algunos han bautizado como el “Escalón de Hilary”, por ser un paso más escarpado y estrecho. Son las diez menos diez. Éste marca el final del tramo y al coronarlo notas como estás más expuesto al aire.





Te abrigas y girándote ves toda la cresta aún por recorrer, por la que transcurre la vereda en su vertiente norte. Es un falso llano flanqueado por algún nevero, ya con poca nieve y con una ascensión no muy larga al fondo. Lo que sería una nueva falsa cumbre.
Pero no te desmoraliza, pues te han dicho que, aunque no se vea, la auténtica cumbre está sólo unos metros más atrás y sin prácticamente desnivel. Ahora cargado de una energía que no pensabas te quedara, te diriges a ella. Sabes que ya está hecho, que sólo es cuestión de tiempo el llegar a ese pico. Y en poco más de diez minutos lo alcanzas.



La mayoría ha llegado y se encuentran relajados con un tentempié entre las manos y disfrutando de las vistas, pero no les impide animarte y vitorearte en los últimos metros en los que corres apresurándote a llegar al mojón del vértice geodésico que marca la cima mediante la inscripción de los correspondientes 2383m sobre el nivel del mar a los que se encuentra.


Lo rodeas con tus brazos con la misma fuerza que a un auténtico amigo al que hace años no has visto. Y no sabes cómo, te ves de pie sobre él gritando de euforia y alegría. No puedes comprender como has sido capaz de llegar, pero ahí estas. En lo más alto, de la montaña, de la Sagra, de ti. Lo has alcanzado, has dejado atrás los miedos, sufrimientos, infinidad de cosas que te tenían subyugado y las has vencido dando a los cuatro vientos un auténtico ¡GRITO DE LIBERTAD¡






Y así compartes, sentado serenamente mientras te empapas de las esplendidas vistas que se pierden en el horizonte, ésta, tu experiencia, plasmándola para siempre en el libro que el Club peñón del Toro tiene en la base del punto geodésico.

Los que allí se encuentran y que se han convertido ahora en compañeros de proeza dejáis inmortalizado el momento en la tradicional foto en la cumbre. Finalmente se inicia el descenso que se tornará fácil y rápido con una sola idea en mente. Celebrar este momento que, como no, es costumbre hacerlo con una comida en “Los Collados de la Sagra”, la cual finaliza con un sorteo que deja en los participantes una lluvia de regalos cedidos por los colaboradores.
